Alimentarte de emociones

¿Cuántas veces ha pasado que en un momento de aburrimiento nos hemos comido una bolsa entera de papas fritas, antes de un examen hemos comido algún tipo de snack poco saludable por el nerviosismo, después de un día de extremo desgaste físico en el trabajo, decidimos darnos un “gustito” para el desestres o comiste solo para sentir alivio?

En la mayoría de los casos no se encuentra una relación consciente entre el acto de comer y las emociones, ya que se cree que uno recurre a la comida únicamente ante la presencia de emociones negativas como con ciertos eventos catárticos a lo largo de la vida (un cambio significativo en la rutina o una pérdida.)

México ocupa el primer lugar en obesidad en Latinoamérica, el 70% de los mexicanos padece sobrepeso y casi una tercera parte sufre obesidad, que normalmente se asocian con enfermedades cardiovasculares, diabetes, diversos tipos de cáncer, trastornos óseos y musculares. 

El comer resulta un acto placentero ya que, al momento de saborearla, tu cerebro produce dopamina (hormona que se encarga recompensar ante estímulos placenteros) la recompensa es tan significativa que tu cerebro buscará cualquier situación para regresar a esa sensación placentera.

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Es cierto que generalmente se recurre a la comida en momentos de estrés cotidiano, tristeza, ansiedad u ocio. Pero el comer emocionalmente también hace aparición en las emociones positivas tales como en el enamoramiento, celebración o logro. Esto puede ser un acto aprendido desde niños: cuando a un niño se le recompensa o consuela con algún tipo de alimento (dulce, galletas, chocolate, etc.), transformando dicho comportamiento en algo compulsivo y autodestructivo.

El manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM- V) describe la ansiedad como una respuesta anticipatoria a una amenaza futura. Cuando hablamos de la ansiedad por comer, nos referimos al acto de ingerir alimentos sin tener hambre, con la finalidad de satisfacer “algo” que perturba a la persona traduciéndose como un conflicto emocional que no se está resolviendo de la manera adecuada.

Hasta cierto punto todos somos comedores emocionales ¿a quién no le pasa que a pesar de estar satisfecho busca un espacio para el postre? pero en algunos casos el comer emocionalmente resulta un problema real, causando problemas de salud.

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Te proporcionamos algunos indicadores que puedes tomar en cuenta antes de consumir algún aperitivo.

El primer paso es tratar de identificar si el hambre que aparece es física o emocional.

  • El hambre física: 

Esta aparece de forma progresiva y se puede retrasar, se puede saciar con cualquier tipo de alimento y al momento que te sientes satisfecho puedes parar. Lo importante del hambre física es que esta no genera sentimientos de culpa.

  • El hambre emocional: 

Surge la urgencia de comer algo en específico (pizza, helado, papas fritas) y se ingiere una cantidad mayor a la habitual, en esta se presentan los sentimientos de culpa.

Cuando se vive estos sentimientos de culpa de manera constante es primordial que se consulte con un psicólogo especializado en el área, para evitar que esta conducta se distorsione a un trastorno de la conducta alimentaria. Controlar o identificar las emociones que te guían al refugio en la comida es un trabajo complejo, que muchas veces no se sabe generar una mejora o controla dichas conductas.

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