Entretenimiento

LUZ INFINITA: UNA PLAYA Y LA CIUDAD DE PARÍS.

Entonces abrí los ojos y estaba rodeado de una luz blanca que me cubría todo, una luz que parecía ser infinita.

Escrito por: Francisco Hernández Verdiguel.

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En ella podía crear e imaginar lo que yo quisiera, no había barreras ni límites. Si quería imaginar un mar, este empezaba a alzarse frente a mis ojos, también si pensaba en arena, esta brotaba debajo de mis pies, cálida y suave. De pronto me encontraba en una playa enorme con un mar sereno y hermoso. Podía sentir la brisa húmeda y el olor a sal. Todo era tan real, que casi parecía que estuviera de nuevo en la tierra.

Si me sentía solo, podía pedir volver a ver a mi mamá o papá y ellos aparecían como recuerdos tangibles que podía tocar y abrazar. También en esa playa podía encontrar y conocer a nuevas personas. Si queríamos podíamos pedir  con nuestros pensamientos cualquier cosa y se nos sería dado. Entonces pedíamos cervezas y una palapa enorme en la cual estar, bebíamos sin parar y sin sentirnos mal; no existía la resaca, ni siquiera la embriaguez. Nos pasábamos las noches hablando de nuestras aventuras, de nuestros sueños y de nada en general.

Pero la playa llegaba a cansar, entonces,  me imaginaba que viajaba a las montañas  cubiertas de niebla, con una ligera llovizna. Aparecía con un atuendo adecuado para ese clima y un ser fantástico llegaba a darme la bienvenida, tenía forma de humano pero cabeza y cola de gato. Entonces esa entidad me guiaba por aquel gigantesco bosque.

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Entre los árboles y sus hojas podía ver cómo volaban pequeñas hadas. En el suelo yacían pequeñas casas de duendes y gnomos. También veía en el cielo estrellas y constelaciones. En el lago, pude presenciar la existencia de hermosas sirenas y seres acuáticos que nunca me habría imaginado.

Veía cómo se levantaban enormes montañas que resultaban ser gigantes. Vi muchísimas veces salir el sol y al instante apagarse para darle lugar a la majestuosa luna.

Si me cansaba de tanta fantasía, podía también elegir enamorarme de nuevo y vivir una historia de amor. Siempre me imaginaba verme enamorado en la ciudad de París y vivir el cliché.  Entonces viajaba a la ciudad y como una película de romance, llegaba alguien de quién enamorarme. Salíamos todas las noches por esas calles afrancesadas, visitábamos el Louvre y la torre Eiffel. Nos besábamos y embriagamos con vino barato, me presentaba a sus amigos y a su familia y viceversa. Nos mudábamos a vivir juntos y entonces ya pasados los años nos casábamos. Peleábamos y nos reconciliábamos. Y así vivía mi historia de amor tanto tiempo como yo quisiera.

Y cuando ya me sentía cansado de todo eso, decidía volver a esa luz infinita. Me imaginaba que era un hechicero que peleaba contra bestias tenebrosas. Si quería, podía darme una vuelta por todo el vasto universo y conocer nuevas entidades y criaturas poderosas que me platicaban de los inicios del todo y de la nada.

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Si me sentía triste y desolado podía imaginarme de nuevo en el útero de mi mamá y dormir lo que yo quisiera, cuanto tiempo quisiera. Podía elegir ver la película de mi vida las veces que se me diera la gana.

Entonces, cuando uno  ya esta listo para trascender, para tomar una nueva vida. La luz blanca aparece nuevamente  y tras de ella  una puerta entre abierta.

A dónde es que lleva y qué habrá del otro lado, es un misterio. Nadie te obliga a cruzarla y la decisión es solamente tuya. Ya aburrido de la eternidad, es cuando decides cruzarla.

Entonces, cuando crucé la puerta…

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