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“El culto mágico” Capítulo 3: Protege al fuego.

Escuché el llamado del fuego. La luna me veía y los mares se agitaban, algo me quería decir pero no lo pude descifrar.

Corría por el bosque, con miedo a que me encontraran. La oscuridad quería alcanzarme, y yo aún no sabía qué querían de mí estas entidades.

El fuego que llevaba en las manos, como si fuera mi corazón expuesto, estaba a nada de apagarse y eso era algo que no podía permitirlo. Tenía miedo, pero si dudaba, se apagaría de inmediato y  entonces todo estaría perdido.

Me fue encomendada esta misión, por mi maestra —por ningún momento, dejes que se apague— comentó, cuando dejaba caerlo en mis manos. Tener este fuego a como traer un bebé  espantado y con hambre.

Escuchaba gritos escalofriantes  que me seguían por detrás. No sabía cuándo me alcanzarían pero tenía prohibido mirar hacia atrás. Mi espíritu guía, que era el gato bizco que una vez me cargo en sueños a la cueva, había desaparecido.

Llegué a un acantilado, y el mar agitado y lleno de tormentas, se burlaba de mí. Miles de relámpagos caían al unísono. Pude ver cómo las olas se estrellaban con las grandes rocas de la costa.

La oscuridad estaba a nada de llegar. Miedo es lo que empezaba a sentir. Dejar que me arrebataran esta poca luz que cargaba en manos era algo impensable.

Invoco a mi espíritu guardián. Ven a mi auxilio. Te invoco para que pelees por mí y por este fuego. Se mi espada y mi escudo. Invoco a las estrellas del norte que caigan sobre mí y me llenen de luz. Prometo ya no tener miedo. Protegeré mi fuego interno.

Seguido de esta intención de crear un conjuro mágico, la oscuridad venía hacia a mí como una oleada inevitable. Al momento de que pronto me llevara con ella, miles de estrellas cayeron hacia mí formando un escudo que disolvía toda oscuridad. La luna pronto apareció, llena de brillo y esplendor. Vi cómo de ella bajó mi gato guardián con enormes alas, su cuerpo era del tamaño de un caballo. Se postró frente a mí y me cargó en su lomo.

Pronto,  todas las estrellas disolvieron la oscuridad. Las tormentas cesaron y entonces pude mantener vivo al fuego. Seguido de esto mi guardián me llevó lejos de ahí. Me llevó ante mi maestra.

Acercándome a ella, con la luna de testigo, sostuvo el fuego entre sus manos y, entonces pronunciando unas palabras que poco pude comprender, este, se incendió de una manera increíble.  Me lo dio de nuevo y el fuego me envolvió por completo, se sentía como un abrazo, como algo reparador y sereno. El fuego me llenaba de vitalidad, me llenó de luz y entonces se hospedó en mi corazón.

Cumpliste con la prueba. Ahora ese fuego es tuyo. Cuídalo muy bien y sobretodo nunca tengas miedo. Llevas en ti un alto poder mágico. Este fuego será tu guía y tu guerrero. Demostraste que pudiste cuidarlo a pesar de todo. Felicidades, ya eres un hechicero.

Por: Francisco Hdez. Verdiguel.

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